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Ingleses a los que no les gusta lo que ellos mismos dicen que inventaron

EL ESPIRITU DEPORTIVO Y EL FUTBOL

Eric Arthur Blair, (a)

George Orwell

(India, 1903; Londres, 1950)

 

El mundo que parecía que iba a ser una granja antes que terminara el siglo XX, ahora que terminó puede tranquilamente acabar siendo un estadio de fútbol. Para algunos sigue sin haber diferencia y se emparentan más con Platón y su cinismo que con el romanticismo del barón Pierre de Coubertain y su olímpico sueño.

 

Ahora que ha llegado a su fin la breve visita del equipo de fútbol moscovita del Dínamo, que estuvo durante el otoño de 1945 jugando contra equipos ingleses de primera divisiòn, es posible decir públicamente lo que muchas personas juiciosas han estado diciendo en privado antes de que este Dínamo Ilegara. Es decir, que el deporte es una causa infalible de mala voluntad, y que si semejante visita llegó a tener algún efecto sobre las relaciones anglo-soviéticas, pudo ser sólo para empeorarlas.

Hasta los periódicos han sido incapaces de ocultar el hecho de que por lo menos dos de los cuatro partidos jugados terminaron en resentimiento. En el partido contra el Arsenal, según me dijo alguien que estuvo presente, un jugador inglés y uno ruso se fueron a las manos y la multitud silbó al árbitro. En Glasgow, me informó otro, hubo juego libre desde el comienzo.

Y luego hubo la controversia, típica de nuestra era nacionalista, acerca de la composición del equipo del Arsenal. ¿Fue en realidad un equipo puramente inglés como sostuvieron los rusos, o simplemente mixto, como sostuvieron los ingleses? Y terminó el Dínamo abruptamente su gira, con el objeto de evitar enfrentarse con otros equipos ingleses. Por lo general, cada uno responde a estas preguntas de acuerdo a sus predilecciones políticas. No hay duda de que la controversia continuará repercutiendo durante años en las notas al pie de las páginas de los libros de historia.

Mientras tanto, el resultado de la gira del Dínamo, si es que hubo algún resultado, habrá sido el de crear una nueva animosidad en ambos lados.

¿Y cómo podría ser de otro modo? Siempre me sorprendo cuando oigo decir a la gente que el deporte crea buena voluntad entre las naciones y que si sólo las personas corrientes del mundo se pudiesen encontrar en el fútbol o el cricket, no tendrían inclinación a encontrarse en el campo de batalla.

Aun cuando uno no supiese mediante ejemplos concretos, como ser los Juegos Olímpicos de 1936, que las competencias deportivas internacionales conducen a orgías de odio, podría deducirlo de principios generales.

Casi todos los deportes que se practican hoy en día son de competencia, se juega para ganar, y el juego tiene poco significado a menos que se haga todo lo posible por ganar. En el prado del pueblo, donde se juegan partidos y no hay implicado ningún sentimiento de patriotismo local, es posible jugar simplemente por distracción y ejercicio, pero tan pronto como surge la cuestión del prestigio, tan pronto como se siente que uno y una unidad más grande se verán deshonrados si uno pierde, se despiertan los más salvajes instintos combativos. Cualquiera que haya jugado, aunque fuera en un equipo de fútbol escolar, sabe esto. En el nivel internacional, el deporte es francamente una lucha mímica. Pero lo significativo no es la conducta de los jugadores sino la actitud de los espectadores y, detrás de los espectadores, de las naciones, que se convierten en furias y creen seriamente, por lo menos durante cortos períodos, que correr, saltar y patear una pelota son pruebas de virtud nacional.

Hasta un juego pausado como el cricket, que exige gracia antes que fuerza, puede provocar mucha mala voluntad, como vamos en la controversia acerca del body-line bowling y de las bruscas tácticas del equipo australiano que visitó  Inglaterra en 1921. El fútbol, juego en que todos se lastiman y donde cada nación tiene su propio estilo para jugar, que parece desleal a los extraños, es mucho peor. Lo peor de todo es el boxeo. Uno de los espectáculos más horribles del mundo, es una lucha entre boxeadores blancos y de color frente a una concurrencia mixta.

Pero el público del box siempre es repugnante, y la conducta de las mujeres en particular es tal, que la Armada, según creo, no les permite presenciar sus competencias. De todos modos, hace dos o tres años, cuando las Home Guards y las tropas regulares estaban llevando a cabo un campeonato de box, me pusieron de guardia en la entrada con la orden expresa de no dejar entrar mujeres.

En Inglaterra la obsesión del deporte ya es bastante dañina, pero pasiones más feroces se despiertan en países jóvenes, donde tanto la práctica de juegos como el nacionalismo son evoluciones recientes. En países como la India o Birmania son necesarios fuertes cordones policiales en los partidos de fútbol para impedir que la multitud invada la cancha. En Birmania he visto a los partidarios de un equipo romper el cordón policial e imposibilitar la acción al arquero del equipo contrario en un momento crítico. E1 partido de fútbol que se disputó en España unos quince años atrás llevó a un incontrolable tumulto. Tan pronto como se despiertan fuertes sentimientos de rivalidad, siempre se desvanece la noción de jugar de acuerdo a las reglas. La gente quiere ver un equipo en la cumbre y al otro humillado, y se olvida de que la victoria obtenida con trampa o mediante la intervención de la muchedumbre carece de significado.

Aun cuando los espectadores no intervengan físicamente, tratan de influir en el juego vitoreando a su equipo favorito y bombardeando a los jugadores contrarios con silbidos e insultos. El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Se halla ligado al odio, los celos, la jactancia, el desconocimiento de todas las reglas y un sádico placer en ser testigo de la violencia ; en otras palabras : es la guerra, menos las bombas. En lugar de parlotear acerca de la limpia y sana rivalidad del campo de batalla y la gran parte desempeñada en los Juegos Olímpicos para unir a las naciones, sería más útil averiguar cómo y por qué surgió este culto moderno del deporte. La mayoría de los juegos que practicamos actualmente son de origen antiguo, pero el deporte no parece haber sido tomado muy en serio entre los tiempos romanos y el siglo XIXX. Hasta en las escuelas públicas inglesas el culto de los deportes no comenzó hasta la última parte del siglo pasado.

El doctor Arnold, considerado generalmente como el fundador de la escuela pública moderna, veía en los deportes simplemente una pérdida de tiempo.

Después, principalmente en Inglaterra y Estados Unidos, los deportes fueron convertidos en una fuerte actividad financiera, capaz de atraer vastas multitudes y despertar salvajes pasiones, y la infección se extendió de país en país. Los deportes más violentamente combativos son el fútbol y el boxeo, los que se han extendido más. No puede haber mucha duda de que todo el asunto está relacionado con el surgimiento del nacionalismo, es decir, con el loco hábito moderno de identificarse con unidades de gran poder y de ver todo el aspecto del prestigio del competidor. También los juegos organizados son más fáciles de florecer en comunidades urbanas donde el ser humano corriente lleva una vida sedentaria y no tiene mucha oportunidad para la labor creadora. 

En una comunidad rural un muchacho o un hombre joven dan salida a buena parte de su energía sobrante caminando, nadando, jugando con pelotas de nieve, trepándose a los árboles, yendo a caballo y mediante varios deportes que involucran crueldad para los animales, tales como la pesca, las peleas de gallos y ferreting for rats. En una gran ciudad, uno tiene que entregarse a las actividades en grupo si quiere dar salida a la fuerza física o los impulsos sádicos.

 

 

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